Bello Encapuchado
Ver a Andrés Bello encapuchado en el frontis de la Universidad de Chile me hizo sentir el grado de abandono en que está sumida la institución más emblemática y fundante de la República.
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Pero la universidad que ha sido el faro cultural del país desde sus orígenes no sólo está siendo maltratada por los encapuchados que parecen querer sustituir la idea de universidad pública por la de universidad popular, de dudoso origen y finalidad. Lo más grave de todo es que quien tiene que cuidar y velar por el desarrollo y crecimiento de esa universidad y de las otras universidades públicas, el patrono de la Universidad de Chile, que es el Presidente de la República, no haya demostrado en los hechos un genuino afecto y compromiso con el alma mater de Chile. Digámoslo con todas sus letras: el Presidente de la República no parece sentir ni saber lo fundamental que ha sido esa universidad en la construcción de Chile. Porque si de verdad él supiera y sintiera lo que ha sido la Universidad de Chile para Chile, eso se vería reflejado en el presupuesto de la Nación y en gestos simbólicos potentes, tan necesarios en momentos de crisis de las instituciones como éste.
La Universidad de Chile ha sufrido a lo largo de su historia maltratos y negligencias, muchas provenientes desde el exterior, pero también algunas de su propio interior: desde un rector como Federici, que en el gobierno militar la diezmó, hasta administraciones mediocres e ineficaces, que la han hecho pasar en las últimas décadas por momentos de decadencia. Excluyo de esa historia a su actual rector Víctor Pérez, que ha desempeñado un papel digno y valiente, a pesar de tantas injustas críticas. Pero el tiro de gracia de esta destrucción en cámara lenta parece venir ahora de un Presidente que ve a la Universidad de Chile más como un problema o conflicto a contener que como un faro que haya que mantener prendido en los momentos de tempestad y de naufragio como éste que estamos viviendo. Dejar que esa luz se apague es un crimen de Estado.
Hemos visto a Andrés Bello encapuchado en estos días; en los días posteriores al golpe militar lo vimos amaniatado, y ahora Andrés Bello parece un aristócrata venido a menos, obligado a mendigar un presupuesto que no refleja la dignidad y envergadura de la tarea que simboliza.
Creo en la coexistencia de universidades públicas con privadas sin fines de lucro. Pero si el Estado descuida sus propias universidades, Chile perderá una parte de su ser más profundo. Veo al país cada vez más encajonado entre un ultrismo economicista ciego e inculto que está devastando el espíritu y la gratuidad y lo público, y un ultrismo lumpesco que quiere incendiarlo todo. Ninguno de los dos ni conoce ni ama ni quiere cuidar lo mejor de nuestra frágil República.
Pero si levanto la agraviante capucha colocada sobre el rostro de Bello, veo allí también los rostros de Francisco Varela y Humberto Maturana, los biólogos que cambiaron la manera de entender lo vivo; los de nuestros astrofísicos José Maza y Mario Hamuy, que contribuyeron al nuevo paradigma de comprensión del universo; los de Enrique Lihn, Nicanor Parra y Juan de Dios Vial, profesores del Instituto de Humanidades de la Escuela de Ingeniería; el del gran historiador Mario Góngora; veo a Adolfo Couve, Matilde Pérez, de la mítica Escuela de Bellas Artes, y a tantos y tantos otros creadores e investigadores de primera línea que le han cambiado la cara a este país. Si la más alta autoridad de la nación ningunea a la universidad de la que es responsable, ¿qué podemos esperar de encapuchados que sólo escuchan consignas trasnochadas y nunca han leído los versos de los grandes clásicos, y que han instalado equivocadamente su resentimiento en la figura de Andrés Bello, que encarna el más alto amor al saber, la verdad y la belleza de nuestra República, o de los restos que quedan de ella?
Autor:Cristián Warnken
Fuente: El Mercurio, 27.10.2011
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